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Cuando La Habana vivía entre muros

Basta cerrar los ojos y La Habana es otra, la de los años 1674. En la vetusta villa se siente un nuevo ajetreo, comienzan a ponerse las primeras piedras que devendrán en una gran muralla alrededor de la ciudad, debido al asedio de corsarios y piratas.

Dentro de este cinturón de piedra, las autoridades militares españolas se pasean por las estrechas calles con sus pulcros uniformes. El sol está alto, reverbera la luz en los techos coloniales, y se escuchan los pregones y chirridos de carretas, repletas de víveres. Las señoras abanican sus rostros, aplican lociones de flores en la nuca y las más osadas pliegan sus vestidos hasta las pantorrillas por el sofocante calor. En los barrios Jesús María, La Catedral, El Santo Ángel y San Juan de
Dios es constante el movimiento de esclavos dedicados al servicio doméstico, así como el quehacer de artesanos y jornaleros portuarios.

Con los aires del año 1740 la muralla queda por fin terminada, extendiéndose desde la calle Desamparados hasta el Castillo de La Punta, con nueve portones de acceso al núcleo de la ciudad, entre los más conocidos el de La Punta, el de la calle Reina y el llamado La Muralla.

Con la noche, el quehacer diario se agiliza y ya a las nueve en punto se escucha el cañonazo anunciando el cierre de las puertas. Fuera quedan los suburbios, cada vez más numerosos: el Horcón, San Lázaro, Carraguao, Guadalupe y el temido Manglar, refugio de curros, donde confluyen negros de todas las etnias y criollos libres.

Es así como se hace imposible parar el vertiginoso movimiento urbanístico de la ciudad. Ciento veintitrés años después, comienza la demolición de la muralla. ¡Ábranse todos los portones para siempre, extiéndase la villa hacia el oeste y el sudoeste, únanse La Habana intra y extramuros en una hermosa y amplia villa con importantes avenidas y construcciones como el palacio de Aldama, el Paseo del Prado y el Teatro Tacón! Quedan así para siempre calles de bellos nombres como Amistad, Concordia, Lealtad; calzadas como Monte, Zanja, Reina, Carlos III y Zapata, entre otras que integran importantes centros cívicos de la Habana Vieja y moderna.

Basta volver a abrir los ojos para regresar a La Habana del siglo XXI, tan distinta y tan parecida a la antigua villa. En varias locaciones de su centro histórico todavía se yerguen restos de esta muralla. Una de las muestras mayores se encuentra cerca de la Terminal de Ferrocarriles de La Habana, otra de las joyas arquitectónicas cubanas.

El aromático café de Cuba

Ay, Ay mama Inés, ay mamá Inés, todos los negros tomamos café... ,cantaba Bola de Nieve, uno de los más grandes artistas cubanos del siglo XX. Pero lo que está bien claro Bola, es que casi todos los cubanos, negros, blancos y mulatos, se vuelven locos por una humeante, fuerte y amarga taza de auténtico café de Cuba.

Este grano llega a la isla en el siglo XVIII, de la mano del español José Gelabert y las primeras tierras que lo vieron crecer fueron los alrededores de la villa San Cristóbal de La Habana. Sin embargo, la entrada de colonos franceses al país fue un verdadero detonador que favoreció una magnífica exportación de este producto a Europa en el siglo XIX. Por su calidad ha llegado a codearse con las mejores marcas de Brasil y Colombia.

El café cubano es de la especie arábica 100 %, caracterizada por un tueste natural, excelente aroma, sabor y menor concentración de cafeína. Es sembrado en las agrestes elevaciones de la Sierra del Rosario, en Pinar del Río; en la Sierra del Escambray, al centro del país, y en la Gran Piedra, en Santiago de Cuba, distinguiéndose esta última por ser un café superior. Es en esta zona donde los cubanos toman el café más fuerte– ¡caray, pero fuerte de verdad!–– y en mayor cantidad.

La costumbre es tomarlo solo, sin leche, y no puede faltar al levantarse y después de las comidas. Es compañía perfecta de un buen Habano y hay quienes lo ofrecen con un poquito de ron.

Usted podrá caminar por toda Cuba, que si tiene un buen olfato, sentirá como el olor a café emana de las casas, ya sea colado en cafetera o a lo criollo, hecho en un colador de tela. También es muy probable que, aún sin conocerlo, siempre haya alguien que le diga: ¿Quiere un poquito de café?

Museo de Arte en La Habana

Un encuentro de obras, estilos y espíritus se abre paso en la Vieja Habana con el museo de Bellas Artes, tesorero del patrimonio de esculturas, grabados y pinturas de artistas cubanos y universales.

Después de años de restauración, vuelve a funcionar, esta vez convertido en un complejo museográfico que se divide en dosedificios separados: uno de arte cubano y otro de arte universal. El primero está ubicado donde estuvo siempre el Museo de Bellas Artes, cercano al Museo de La Revolución y el segundo, ocupa una de las construcciones más impresionantes de La Habana, el antiguo Centro Asturiano, enfrente del Parque Central. Ambos están abiertos de martes a sábado, de 9:00 a.m. a 4:00 p.m.; y el domingo de 9:00 a.m. a 1:pm.

En amplios salones iluminados ––con un exquisito montaje y diseño de locaciones–– permanecen valiosísimas obras que suman más de 47 000, la mayoría ellas en exposición permanente. En el edificio de arte antiguo se exhiben 590 piezas que incluyen las siete escuelas europeas tradicionales. También cuenta con un numeroso y variado Gabinete de Estampas con más de 36 mil obras, entre dibujos, grabados y carteles; y una sección de Arte Asiático practicado por los japoneses de los siglos XVIII y XIX.

El arte cubano, por su parte, muestra unas 219 obras y se dispone de un fondo de 624 realizadas sobre lienzo y papel, correspondiente a esta etapa pero no exhibidas hasta el momento. A ello se le suma una muestra valiosa de tallas, esculturas, grabados e instalaciones.

Nada más interesante para un visitante que un recorrido por esta instalación, que a su vez figura un viaje por la historia del mundo y de Cuba. En las pinceladas de Nicolás Escalera, Menocal, Víctor Manuel, Carlos Enrique, Lam, Amelia Peláez, Portocarrero, Pedro Pablo Oliva, Arche, ––por citar algunos de los pintores cubanos más relevantes–– emerge Cuba con todos sus tonos y matices, la que fue y la que es, con valoraciones depuradas de su idiosincrasia insular. A través de ellos, aparecen tratados temas como la religión, la cultura popular, la crítica social, y algo predominante y realmente impresionante: las aproximaciones al paisaje cubano, como elemento indiscutible de cubanía.

Las Parrandas de Remedios

Remedios es un pueblecito del norte de Villa Clara ––zona central de Cuba–– otrora San Juan de Los Remedios, octava villa fundada en 1514 por los españoles.

Quien visita esta localidad de enero a noviembre, encuentra una ciudad tranquila: el centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad, con una plaza central donde se ubica la Iglesia Parroquial Mayor de San Bautista y la Iglesia del Buen Viaje, pequeñas callejuelas adyacentes y hermosas construcciones de estilo colonial. Bajo la sombra de árboles frondosos que invitan al descanso transcurren apacibles los días en Remedios. Sin embargo, en silencio, la villa se prepara el último sábado de diciembre, y con él la celebración de las famosas Parrandas Remedianas, hoy por hoy uno de los espectáculos festivos más espectaculares de Cuba.

Las Parrandas vienen celebrándose desde un inicio, antiguamente con el objetivo de llevar feligreses a las misas de medianoche o misas del gallo, La característica que distingue esta fiesta es la amigable rivalización entre “barrios”, agrupados bajo los nombres de El Carmen y San Salvador. Cada remediano pertenece a un “barrio”, por la única razón de haber nacido en él, condición esta que lo lleva a participar en las actividades de su grupo. Estas actividades están enfocadas a trabajos artísticos que se ubican en la Playa Mayor, llamados Trabajos de Plaza; a la preparación de las carrozas y la escenificación de historias mitológicas, literarias o patrióticas; y al número y calidad de los fuegos voladores. Así, el día 24 de diciembre, tocará a cada grupo mostrar sus resultados, de gran calidad y originalidad artística.

Es así como ese día Remedios es todo algarabía. Los bandos guardan con celo sus piezas de la vista de cualquier “contrario” y esperan la noche con canciones, bebidas y comida cubana en abundancia. En la madrugada, los fuegos artificiales son tan abundantes, que la villa resplandece entre las sombras, y en las calles los integrantes de uno y otro bando halagan y festejan el esfuerzo en conjunto.

¡Y voló Matías Pérez!

Una de las historias más conocidas en Cuba es la de Matías Pérez, un hombre que vivió en el siglo XIX. Su anhelo era construir un globo aerostático y elevarse en las alturas.

Matías se desempeñaba como toldista, es decir, confeccionaba toldos de lona para proteger las casas y establecimientos del fuerte sol, pero sus ratos libres los dedicaba a estudiar aerodinámica, horas dedicadas a desentrañar el misterio de la ligereza del aire. Poco a poco fue confeccionando la barquilla, el quemador, la envoltura y demás aditamentos. Cuando hubo hallado la clave para elevarse, bautizó su globo como “Villa de París”, y se decidió a realizar lo que sería su primera y única ascensión.

El calendario marcaba el 9 de junio de 1856. Se dirigió temprano en la mañana al antiguo Campo Marte, (hoy Parque de la Fraternidad de La Habana), llamado así por ser una explanada escogida para ejercicios militares y por ser Marte el dios de la guerra. Ante las miradas curiosas de desconocidos, amigos y familiares se elevó por los cielos, mientras se escuchaban las voces de... ¡buen viaje Matíaaaaassss!

Nadie supo lo que sintió Matías en ese momento pero es fácil imaginarlo. A poco que el globo se elevaba, la villa parecía más pequeña y los que estaban en tierra vieron como se esfumaba en el cielo de San Cristóbal de La Habana.

Nunca más se sabría de él, de su viaje, de sus impresiones y resultado de su sueño. Actualmente Matías es para muchos el primer vestigio de cosmonauta, del innovador. A partir de este acontecimiento, cuando algo o alguien desaparece se suelen utilizar las expresiones: “se fue a bolina como Matías Pérez” o simplemente, “voló como Matías Pérez”.

Un día cualquiera en La Habana

Brillan casi siempre las mañanas en la capital. Con la claridad del día empiezan a asomar en las calles caritas de pequeños y adolescentes vestidos con uniformes de escuela. Algunos de ellos caminan aprisa, de la mano de sus padres, tras los ómnibus que doblan veloces las esquinas. El objetivo es llegar a la parada, donde la gente se aglutina, decidida a poner un pie en el primer escalón. Siempre habrá quien agradezca la existencia de los antiguos Chevy del año 1953, hoy taxis colectivos que tienen el precio fijo de $10 pesos cubanos. Otros optan por los llamados bici-taxis (bicicletas adaptadas con dos asientos), un poco más lentos pero agradables para sentir la brisa mañanera. Como una tonada, se escuchan los pregones por doquier: compra tu maní, bien calientito! o ¡entérate de las noticias, compra el Rebelde, el Granma! Así, poco a poco, la ciudad va saliendo de su desperezo.

Ya en las escuelas y trabajos, los cubanos luchan por salir adelante en los sectores del turismo, la agricultura, la salud, la educación y la investigación científica.

Con la tarde, llegan a su fin las tareas propias del empleo para dar paso a las hogareñas, el retorno a casa. Será preciso entonces preparar la acostumbrada comida cubana, y buscar en la “bodega” (mercados establecidos por zonas) los productos que ofrece la “libreta de abastecimiento”, sistema cubano establecido para una distribución equitativa del alimento a todo el pueblo. Esta libreta le permite comprar, una cuota mensual que incluye pan, huevo, arroz, frijoles, aceite y eventualmente alguna carne.

A estas horas los jóvenes buscan diversión en las calles: van al cine a ver la última película lanzada, al malecón a sentir la brisa del mar y a tomar alguna que otra cerveza Cristal o Bucanero. De celebrarse algún concierto de trova o rock, están allí ansiosos por escuchar y corear las letras. Tampoco falta la asistencia a presentaciones dramatúrgicas y de música culta.

Las primeras luces del ocaso encienden en La Habana su esencia citadina: la inolvidable noche habanera...mágica e irrepetible. Algunos cruzan del otro lado del mar y suben al Cristo para apreciar desde allí la mejor vista de la ciudad, otros caminan por el centro histórico, al amparo de columnas y portales o simplemente permanecen en casa para no perder las “novelas televisivas”, uno de los mayores vicios de los cubanos. Las discotecas quedan para después de las 11:00 p.m. y para aquellos que repletos aún de energía, claman por una intensa noche de baile y emoción. Este sonido va desapareciendo con la madrugada, tranquila y reparadora, para anunciar dentro de las siguientes horas, la llegada de un nuevo día.

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